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Las puertas del infinito

Las puertas del infinito

Felipe Richard Londoño llegó al Alto de Letras sobre sus zapatillas y al pulso de su corazón. Un reto por el que pedalean muchos y corren pocos, muy pocos. 

 

Todo comenzó muy lejos de Mariquita-Tolima. Y un buen número de años atrás. El hombre que estaba plantado un sábado de abril frente al primer kilómetro del camino, como bien él lo dice, era antes dos hombres refiriéndose a su sobre peso. El presente deportivo de Richard podría negar rotundamente que la de él es una historia relacionada con kilos de más, obesidad y reducción de tallas.

Pero el running y su vida cruzaron sus caminos porque él quería ir más liviano por el mundo y el deporte le tenía reservados capítulos de oro. Ambos sumaron kilómetros, bajas marcas y las anécdotas que dejan huella en el alma de un corredor en cada carrera a la que acude.  

Así es la vida, en muchos casos caminamos hacia un logro y van apareciendo metas volantes, cimas que ni imaginábamos que existían o un trueno que a las 2 de la mañana de un sábado de abril de 2021 interrumpió el sueño para que las ansiedades madrugaran a preguntarse si los kilómetros que separan a un corredor de la salida y el kilómetro 80 comenzarán bajo la lluvia.

Kilómetro cero

La humanidad de Felipe Richard Londoño, la mitad de su otro yo de hace unos años, comenzó a las 5 de la mañana en punto a romper la oscuridad del ascenso hacia el Alto de Letras. Con linterna en la frente avanzó los primeros metros que lo fueron alejando de los abrazos de ánimo del inicio y lo acercaban a los abrazos de felicitación del final.

El día fue clareando y el corredor siguió sorteando cada curva, cada camión que pasaba cerca y las inclinaciones que pusieron a prueba los 4 meses de entrenamiento específico que realizó para cumplir con esta cita y la voluntad que lo tuvo sobre ese asfalto que cambió de temperatura con el rigor que está inmerso en recorrer alrededor de 3.200 metros de desnivel.

Los primeros kilómetros fueron ilusión, algunos descensos para aflojar las piernas y hasta alientos para responder a un par de entrevistas que le hicieron a borde de carretera los lentes que inmortalizaron la gesta.

Las buenas compañías

Entrado ya en el baile con la montaña, Felipe encontró ruedas y otros pasos que lo acompañaron. Así como en la vida misma, no tenía quien corriera por él, pero sí al pie de él. Santiago su entrenador se subió a su bicicleta e Inés, una experimentada corredora de Trail, sostuvo con Richard el paso durante dos capítulos de la historia: uno de diez kilómetros y otro que bordeó los cuatro. 

Estuvieron ahí a la altura del kilómetro 60 cuando hubo que caminar, se le blanquearon las pieles y se le acabaron las palabras para responder preguntar. A 3 mil metros sobre el nivel de las dudas, los amigos estuvieron ahí para tender la mano que le hizo falta cuando el camino mostró su cara más fría y dolorosa. A la historia de Felipe no le faltó drama.

Mi reino por un letrero

Y todo ese dolor, noches eludiendo trasnochos, cervezas aplazadas, horas enclaustrado en una cinta para correr, domingos levantando polvo en Minas, Calderas y en otras latitudes del Oriente de Antioquia solo para llegar a  unas tablas de madera que versan “Alto de Letras”. Todo ese esfuerzo para llegar a esa planicie de viento frío y aire silencioso.

Y sí, todo eso es lo que el corazón le marca a las pasiones. A él le pidió subir esa montaña, a Camilo le puede pedir levantarse cinco minutos antes, a Andrea le puede dictar que termine de una vez por toda sus tesis, a Roberto le puede marcar que ya es hora de darle el primer beso a esa mujer y a Laura la invita a hacer sus primeros kilómetros. La vida tiene color por las metas que traza el espíritu, por los letreros que ameritan foto para las redes o por las historias que hay detrás de una madrugada de fin de semana.

A la altura del kilómetro 80, a 3.200 metros del nivel de la alegría, Felipe Richard Londoño tachó un reto más de su lista, levantó los brazos con lo que restaba de fuerzas y ya se prepara, sin saberlo, para el próximo abrazo que lo recibirá en su próximo reto aún desconocido. Porque el anhelo de llegar cada vez más lejos, es tan infinito como hacer 8 horas y 14 minutos de trote para llegar a un alto.

 

 Cristian Marín - Corriente Alterna.

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